Esta sección de mi Guebsait es una limosna de caridad redundante para unos amigos míos que están a punto de hacer malabares en los semáforos.
Crónicas Bolivarianas
El mojón del 11/4
Nelson “Lonpleipelúo” Ramírez
Cuando habla el rifle, calla la razón. Entenderá el lector, por qué el cronista no sea muy fervoroso, a la hora de brindar por presuntas faenas guerreras. Me emociona más la heroicidad que construye. Esa del día a día. La que no tiene otro pedestal que el venerable quince y último ganado con el sudor de la frente y no a costa de partirle el espinazo al adversario.
Escribo las presentes líneas, en medio del desfile militar de ayer sábado, para conmemorar la pretendida gesta del once de abril. Otra ridiculez, pues el anfitrión del templete, ni en aquella, ni en ninguna otra fecha ha aprovechado la oportunidad para exhibir sus pretendidas dotes de héroe. Algo que tampoco aplaudiría demasiado por las razones expuestas al comienzo, pero que por ese inconmovible sentimiento de respeto hacia el oficio ajeno merece reconocimiento. Por supuesto, siempre que el respectivo soldado se bata con gallardía y lealtad. No como uno de esos roedorcillos que pululan por nuestros desaguaderos y que no llamamos por su nombre porque la último que haríamos es ofender a las criaturillas de Dios.
“Si llegan a saber que mi navío ha sido prisionero, digan sencillamente que he muerto”. La frase la pronunció Damián Cosme de Churruca, minutos antes de trabarse en batalla en Trafalgar. Un buen ejemplo de la palabra empeñada, no el consabido “por sobre mi cadáver” de cierto comandantón que asola esta comarca, para después, al primer escarceo salir muerto, en efecto, pero de risa o de miedo.
Escribía Wellinton que solo el campamento de un ejército perdidoso, en más trágico que el campamento de un ejército victorioso. Por supuesto, que a este general poco asustadizo y por lo mismo nada proclive a la capitulación, jamás se le habría ocurrido la imbecilidad de conmemorar su hipotética rendición ante Bonaparte, como este último, nunca tuvo la desvergüenza de fanfarronear de aquel 18 de junio en Waterloo.
Desde Meggido, primera batalla convencional de la historia, con batallones de lado y lado, con sus comandantes dispuestos para la conflagración, ha habido solo tres casos del festejo de la derrota propia. Saddam Husseim, quien tuvo la desvergüenza de reivindicar el supuesto triunfo de la “madre de todas las guerras”, el sargento García, gordinflón, quien siempre brindaba por lograr escapársele a su archienemigo “El Zorro” y la presente ridiculez, de quien choca copas, al rememorar que se rindió sin reventar un cartucho.
El Libertador, no capituló en Puerto Cabello. Menos todavía lo habría hecho sin resistir la primera carga enemiga. Durante toda su vida rumió el amargo de aquella derrota al extremo que muchos años después, de solo escucharla a lo lejos, reconoció la voz de Fernández Vinony y con una severidad inusual, ordenó el fusilamiento de quien consideró el causante de la ya lejana deblace. No nos imaginamos a “don Simón”, regordete, mofletudo, pedorro, desfilando en medio de alguna fanfarria, para hacer jactancia del aquel descalabro. Menos todavía, montando una verbena para pretender convertirlo en efemérides.
Tampoco hace falta pertenecer al Olimpo para no festejar, lo que carece de motivos. Menos todavía, forma parte de nuestro gentilicio incurrir en semejantes sandeces.
En 1849 Justo Briceño rechazó su ascenso a general de división con la siguiente sentencia: “Un soldado de la independencia –respondió cohibido por un verdadero sentido de honor militar- ni celebra ni acepta un ascenso por haber ganado una guerra entre hermanos”.
Cuando escuché esto de la semana del “Rescate de la Dignidad Nacional
Se lo conocerá como “El mojón del 11 de abril”, pues tal es la única impronta legada en esa fecha, por el sedicente héroe de la hipotética gesta guerrera.